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Sergio Levinsky
Ya es oficial. Lionel Messi es el mejor jugador del mundo, producto de la votación de los capitanes y los entrenadores de todas las selecciones nacionales afiliadas a la FIFA, y a cantarle a Gardel, Lepera y todos los guitarristas juntos. Basta de dudas, medias tintas, verdades a medias y frases críticas deslizadas desde la mayoría de los medios de comunicación argentinos, tendientes a minimizar los excepcionales logros de quien es ya uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, camino a ser comparable con monstruos como Diego Maradona, Pelé, Franz Beckenbauer, Johan Cruyff o Alfredo Di Stéfano. Pero Messi tiene una contra: nació en la Argentina pero desarrolla su carrera en Barcelona, en el exterior, y ya nos hemos referido en este blog a lo que suscita, para una sociedad argentina en creciente crisis moral, el hecho de ser un triunfador en un contexto tan complicado, en el que juegan los mejores del planeta y ser aún así, superior a los demás. Messi no tuvo una camiseta con la que se identificara profundamente en su país, aunque levemente tenga preferencia por Newells Old Boys por haber participado en su primera etapa adolescente, pero su identificación como club es con el Barcelona, actual campeón mundial y ganador de los seis títulos de la temporada, un récord absoluto dificilmente igualable en el futuro, y de ese equipo de estrellas, es el mejor. Lo es para todo el mundo, menos para muchos de sus compatriotas, dispuestos a ver siempre el pelo en la leche. Si Messi le marca el gol decisivo a Estudiantes, pasa a ser discutido por muchos hinchas platenses (que osan insultarlo en las paredes de la ciudad), mientras que buena parte del periodismo que supimos conseguir sostiene que en la final de Abu Dhabi tuvo poco contacto con la pelota y apenas si apareció cuando el rival ya estaba cansado, pero que no participó mucho del juego. Los medios argentinos apenas si dieron espacio para la entrega del premio al mejor jugador del mundo en la sede de la FIFA, compartiendo cartel con la posibilidad de que Mariano Pavone juegue en Racing Club, Jesús Méndez pase a Boca Juniors o dónde se concentrará River Plate para la próxima pretemporada veraniega. Sé todo gual, como diría Minguito Tinguitella, un adelantado a estos tiempos cada día más mediocres en los que es posible que se proclame con saco y corbata, sueltos de cuerpo, con micrófono en mano, que Estudiantes "le pegó un susto al Barcelona" como si "pegar un susto" fuera una justificación paradójicamente para aquellos que sostioenen que "ganar es lo único importante". Si ganar es lo único que vale, no importa que el gol del Barcelona haya llegado en el minuto 89 o si Messi convirtió el suyo (tiene más de un centenar en su carrera con 22 años de edad y en semejante nivel de competición) con el pecho o con el corazón. Esta sociedad, en la que mucha gente frustrada por su mala semana puede gritarle "fracasado" en una cancha a algún jugador que regresa pronto del exterior por no haber conseguido los mejores resultados, también osa criticar a Messi por "antiargentino" cuando no hay jugador más argentino en el mundo, por sentimiento y ni hablar por las características de su juego. Messi jamás se queja, es buen compañero, es fuerte, tiene un carácter ganador y ama la selección argentina, pero le pasa lo que a tantos otros en el pasado. Lo que hacía Astor Piazzolla, aún genial, no era tango del verdadero. César Milstein estaba cómodo en Inglaterra y por eso no quería regresar al país, aún cuando para llegar a ser premio Nobel tuvo que salir echado a patadas por el gobierno de Onganía en la Noche de los Bastones Largos, mientras que Jorge Luis Borges sintió que resultaba más cómodo irse a morir a Suiza, Julio Cortázar no fue recibido en su país por el "demócrata" Raúl Alfonsín y el propio José de San Martín optó por el regreso al exilio harto de las peleas de sus compatriotas. Ni hablar de la opinión de la sociedad por la figura de Ernesto "Che" Guevara. Todo se reduce con mucha facilidad y Friendrich, el mismo que se fugó con una fortuna robada a un banco santafecino, firma autógrafos, al igual que Rafa Di Zeo, jefe de la barra brava de Boca, al que visitaban en la cárcel los jugadores xeneizes. Es el país del todo vale, y en el que Ricardo Fort es el nuevo ídolo de las multitudes tinellizadas. Esta es la sociedad que juzga que Messi "es bueno, pero...." mientras el mundo se rinde a sus pies y arrastra multitudes a donde va. Pero ya lo sabemos: la Argentina es diferente. El prisma es completamente otro y hasta José Pekerman sigue sin explicar, a tres años y medio, por qué no lo incluyó en aquel partido ante Alemania en Berlín en el pasado Mundial. Prefirió a Julio Cruz antes que a Messi. Sólo en Argentina podría pasar algo así. Por eso Ricardo Bochini, uno de los más grandes genios que dio el fútbol, participó escasos minutos de un Mundial habiendo jugado veinte años profesionalmente, o Norberto Alonso también, o Diego Maradona no estuvo en 1978. Porque siempre para los argentinos no hubo peor enemigo que los mismos argentinos. Ya lo decía Martín Fierro con aquello de "los hermanos sean unidos", pero la lección no sólo no se aprende, sino que cada día lo racional está más lejos.
Por Sergio Levinsky
Una
conocida melodía del pop nacional de los años setenta decía, a modo de
pregunta, "A qué estamos jugando, dímelo, no puede ser". Esa
pregunta, debería ser trasladada de inmediato a Diego Armando Maradona, el
hasta hoy formal entrenador del seleccionado argentino. Porque pasado el
temblor de las eliminatorias, despojado ya de las presiones que tienen que ver
con todo lo que se jugaba el equipo argentino en términos de negocios,
historia y reputación (vanas excusas para seguir sin jugar y salir a
defenderse y ver qué pasa en cada compromiso) para estar en el Mundial de Sudáfrica,
se acabaron los justificativos y salvo que le hagamos caso al brillante Joan
Manuel Serrat y pensemos (como dije en el comentario que hice en el
entretiempo para la transmisión de Víctor Hugo Morales por Radio
Continental) que los muchachos argentinos son bienaventurados porque están en
el fondo del pozo y entonces sólo resta subir, es poco más lo que puede
rescatarse con miras a los siete meses que quedan para la máxima cita.
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